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Opinión
06:40 AM / 08/08/2018
Plagas culturales: aprendices de brujos
Luis Britto García Escritor
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1.— Para resistir al acoso de  compañeritos abusivos y  profesores pedantes,  en un estirado internado británico tres niños se hacen amigos. 
El más débil, con grandes espejuelos de miope, desarrolla un hechizo  para devolver golpes a los agresores: el stalking, la astucia del cazador al acecho. Su magia lo hará mundialmente célebre y lo llevará a ganar el galardón máximo entre esos redactores de fórmulas mágicas llamados escritores. 
No es una película, sino la infancia real del premio Nobel Rudyard Kipling, que narrará en su autobiografía Something about myself y en su novela Stalky & Company, sobre la cual se filmará una serie televisiva británica homónima de difusión global.

2.— Un bestseller es una obra maestra degradada. Cualquier coincidencia de las películas de brujitos con la autobiografía de Kipling  es pura coincidencia.

3.— ¿En qué divergen con las cintas clásicas de  rebelión contra educadores opresivos, como Zero en conduite de Jean Vigo, Pink Floyd The Wall,  de Alan Parker, o Elefante, de Gus Van Sant? 
En que en la hechicería no hay rebelión en absoluto. Ni el mundo es malo, ni la revolución se justifica. Quienes estudian en  exclusivos colegios para brujitos  son privilegiados. 
Aspiran a suceder a sus padres,  magos profesionales, que cancelan elevadas matrículas, o han dejado oportunas herencias para que sus retoños adquieran esas varitas mágicas llamadas diplomas. 
La competencia académica es dura, pero garantizará  puestos en alguna milagrosa corporación. Puede haber algún profesor renegado, o un amuleto extraviado, pero estos problemas, como los del mundo en general, se solucionan agitando una varita mágica al compás de una fórmula en latín macarrónico: “¡Copiatus Rudyard Kipling! ¡Repletatis taquillas!”

4.— En dos platos: Hogwarts es  la universidad privada que concederá a los aprendices de brujos varitas mágicas gerenciales para recuperar provechosamente lo invertido en matrículas. 
La magia, como las relaciones públicas, la publicidad o la finanza neoliberal,  es la ilusión de que un repertorio de rituales  otorgará  todo a partir de nada al sujeto deseante: el niño, el empleado,  el elector o el público del cine. 
El hechizo de Hogwarts, como el del capital financiero, ni alimenta bocas ni cura enfermedades ni aloja desplazados.  Hasta ahora, sólo vende películas.

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