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Actualizado hace 20 minutos

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Opinión
05:05 PM / 25/06/2019
Corrupción y la “Lámpara de Diógenes”
Félix Cordero Peraza
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La carrera en el juego eterno por el poder avanza inagotable. No hay tregua y en los tiempos de fuerte confrontación se usan todas las armas de guerra. Morales e inmorales. Porque la lucha por el poder alucina y seduce. Enceguece. Sin embargo, la política debe tener un mínimo código moral y ético. Lo exige la civilidad y la cultura de la conveniencia colectiva. En otras palabras, el bien o la felicidad, tal como lo consideraba Aristóteles: “Toda acción humana se realiza en vista de un fin y el fin de la acción es el bien que se busca”. Mientras, la ética de Kant le da valor a la manera de actuar. Ósea… por deber. “Una acción hecha por deber tiene su valor moral”. Los actores políticos tienen la obligación de poseer una conducta pública y privada, que sea ejemplo de honorabilidad y decencia.

 

Ellos son el retrato de la sociedad. Un paneo por América Latina nos indica  que la corrupción evoluciona vertiginosamente. Altos empleados de gobierno,  candidatos, partidos, dirigentes y presidentes han estado implicados por blanqueo de dinero, financiamiento ilegal y desviación de capitales.  Según Transparencia Internacional, Venezuela ocupa los primeros lugares entre los países más corruptos. Se ve su presencia desde los niveles más bajos hasta los más altos. Se ejerce arbitrariamente en las cajas CLAP, juntas comunales y servicios públicos, como el gas, electricidad, teléfonos, gasolina, migración e identificación, etc. Le siguen Perú, Brasil, Chile, Panamá, México y Colombia.  Siete de cada diez latinoamericanos percibe que todo político es corrupto.

          En la actividad política campea la improvisación de dirigentes en cuadros medios y altos, que se enrolan en partidos de forma improvisada y libertina. Ya no hay doctrina ni códigos éticos. Militancia producto de actos emocionales y donde el interés o beneficio personal ostenta su principal justificación. Aun cuando en doctrina, la política es considerada la más humana y dignificante actividad, cuyos ideales contienen preceptos y objetivos para impulsar el desarrollo integral de la patria. Una clásica definición de la política nos enseña que es el arte de gobernar una sociedad o nación.

       Durante la semana, Venezuela fue conmovida por la noticia del desfalco de tres millones de dólares, en la ciudad de Cúcuta, por políticos opositores. La francachela o jolgorio que rodea el hecho es digno de figurar en cualquier obra de teatro de la sátira. Y hace recordar a García Lorca, en el aspecto trágico de su teatro de farsa  y parodia. Pero la desfachatada especulación del gobierno, símbolo de cinismo extravagante, asombró aun más a la sociedad. ¿Con que autoridad moral actúa en esta materia el más corrupto gobierno republicano? Cuyas crónicas de corrupción y robo al Estado han atestado las páginas y espacios de los medios de comunicación nacional y mundial.

       La población mayoritaria atónica se expresaba sacudida ¿Qué es una raya más para un tigre? ¡Todos los políticos son iguales! Las crisis son oportunidades y es hora de escarmentar. Guaidó debe expulsar a los responsables y acusarlos ante los tribunales. Y como Diógenes en la antigua Atenas, buscar a los hombres honestos con la “Lámpara de Diógenes” y rodearse de los más capacitados. Aprovechar la moraleja de esta parábola para reafirmar su liderazgo humano, moral y ético. Exterminar la impunidad en la malversación de fondos públicos, es quizás la más sentida aspiración de los venezolanos.

      

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