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Actualizado hace 11 minutos

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Opinión
06:00 AM / 11/08/2017
Conquistar la paz, por Antonio Pérez Esclarín
Antonio Pérez Esclarín
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En los numerosos talleres, cursos  y  conferencias que en estos últimos años he dado a   miles de educadores  y ciudadanos a lo largo y ancho de  toda Venezuela,  he  incorporado   la siguiente parábola, como un aporte para construir la paz y superar la extrema polarización y división que estamos viviendo:  
“Un viejo maestro preguntó a sus discípulos si alguno le podía decir  cuál era el momento en que terminaba la noche y comenzaba  el día.
-¿Cuando ya podemos distinguir a lo lejos entre un perro y una oveja? –preguntó uno de ellos.
El viejo maestro negó con su cabeza.
-¿Será cuando en la neblina lechosa del amanecer podemos distinguir  una ceiba de un samán?  –se aventuró otro.
-¡Tampoco! –respondió con convicción el maestro.
Los discípulos se miraron desconcertados:
-Entonces, ¿cómo podemos saber el preciso momento en que uno puede decir “hasta aquí llegó la noche y está comenzando el día”? –preguntaron ansiosos.
El viejo maestro los miró con sus ojos mansos de sabio y les dijo:
-Cuando tú miras  el rostro de cualquiera y puedes ver en él la cara de tu hermano o de tu hermana. 
En ese momento comienza a amanecer en tu corazón. Si no eres capaz de eso, sigues en la noche”.

Necesitamos con urgencia recuperar una mirada cariñosa e inclusiva para vernos como conciudadanos y hermanos y no como rivales o enemigos. 
Al enemigo se le combate y destruye con violencia. 
Al hermano se le acepta con cariño a pesar de las diferencias.  La genuina democracia es un poema de la diversidad y no sólo tolera, sino que celebra que seamos diferentes. Diferentes pero iguales. 
Precisamente porque todos somos iguales, todos tenemos  derecho a ser, pensar y decidir  de un modo diferente dentro de las normas de la convivencia que regulan los derechos humanos y los marcos constitucionales.
 Pretender que todos pensemos igual es destruir la ciudadanía, la convivencia y la democracia.
  De ahí la necesidad de que la Constituyente sea un lugar de verdadero debate, análisis y discusión, expresión de la diversidad,   y no de aclamación visceral, sin la debida reflexión,  de lo  que propongan algunos supuestos líderes. Tampoco puede ser un espacio para alimentar la venganza. 

Venezuela nos necesita a todos. 
Es tiempo para el diálogo, la negociación, el reencuentro y el trabajo compartido para superar juntos los gravísimos  problemas que tenemos, entre ellos, el de la  inseguridad, el hambre, la escasez de medicinas,  la corrupción, el desabastecimiento, la inflación,  la violencia, la improductividad.
La constituyente no va a resolver los problemas. Leyes, proclamas y deseos no aportan soluciones. Ni los resolveremos agudizando las medidas y conductas que nos llevaron a la grave situación que estamos viviendo.
 En sus propagandas, los candidatos a la Constituyente se comprometieron todos a buscar la paz. Esperamos que cumplan lo prometido y depongan las actitudes y medidas  que supongan una agudización de los conflictos y un aumento de la división y la rabia. 
Es la hora de los ciudadanos y de  Políticos con mayúscula, capaces de volver a cimentar la política sobre la ética, ejemplos de humildad y honestidad, dispuestos siempre a   escuchar y anteponer los intereses del país y de  la gente sobre sus propios intereses,  o los  de su ideología.  
La paz verdadera se asienta sobre las bases del diálogo, el  trabajo,  la justicia y  la verdad. 

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