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Actualizado hace 55 minutos

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Experiencia Panorama
09:00 AM / 02/11/2018
Un reencuentro entre vivos y muertos
Melissa Pérez Segnini
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Sus miradas perdidas en los recuerdos se desviaron, por un segundo, solo para observar el lente de la cámara, un tanto acusadoras y con ese dejo de desesperanza. Luego se resignaron y siguieron en lo suyo: una pareja esperaba reencontrarse con un ser querido que había fallecido.
Al dar la vuelta a la tumba podía verse la foto de un pequeño: Edgar Eduardo. Sus padres adornaron el lugar con flores de cempasúchil, cultivadas solo en estas fechas, y muchas velas, además de juguetes con los que probablemente se divirtió el niño en vida. Murió en 2012.
Era 1 de noviembre en México. Noche de Muertos. Los difuntos vendrían de visita al mundo de los vivos, por medio de los altares que sus deudos erigirían sobre sus sepulcros, llenos de comida, ropa, bebidas, música y todo lo que a ese familiar le gustara.
Tzintzuntzan, en el estado Michoacán, es uno de los municipios más famosos por el arreglo de sus dos panteones, y ahí se ubica esta aventura.
La pared de la entrada al primer cementerio estaba cubierta de cempasúchil. El amarillo asemejaba vitalidad: irónico para un extranjero, bastante normal para un mexicano pues, a fin de cuentas, ellos festejaban la vida y el reencuentro.
José Ángel Calvo, nacido en Texas, Estados Unidos, pero criado por mexicanos, vuelve cada año a Tzintzuntzan para decorar las tumbas de sus padres, junto a su esposa, Rosa, también mexicoamericana. 
“A mi papá, Damián, le encantaba la lucha libre, entonces le pongo máscaras de El Santo y Blue Demon. A mi madre, María, la música tejana, y allí puedes ver los DVD’s en su lápida cada año”, relató, mientras su esposa encendía velas. Una foto de cada uno coronaba el altar, además de refrescos, frutas, pan de muertos y muchas flores.
A pesar de que Calvo nunca visitó el pueblo en Noche de Muertos ni presenció tal hecho hasta que sus padres murieron, no dejó de lado la tradición.
No pasa lo mismo con todas las familias. Caminando un poco más hacia el final del cementerio, una vela solitaria alumbraba una cruz. Ni flores, ni ofrendas, únicamente soledad.
La música de banda, típica michoacana, empezó a oírse hacia otra zona, lo mismo que unos mariachis entonaron “Las mañanitas” en una esquina. 
La temperatura comenzó a descender pasadas las 9:00 de la noche y la gente a encender fogatas y a envolverse en cobijas. Viejitas dormitaban frente a la tumba de su esposo, generalmente, o solo contemplaban con la mirada perdida. También, ancianos aguardaban por viejos amores.
La gente ya está acostumbrada a que extraños los observen, los fotografíen o incluso se sienten con ellos y les pregunten su historia. Hay personas muy abiertas a ello, pero otras bastante recelosas.
De los altares más llamativos se apreciaba una bicicleta creada a punta de las flores amarillas. Correspondía a un señor que le gustaba manejarlas y murió en carretera. Otra mostraba a un esqueleto cabalgando sobre un caballo, también hecho de cempasúchil. En unas no faltó una botella de refresco, de mezcal y otros licores.
Pocos rezaban, o al menos en Tzintzuntzan. Algunas familias relataban historias de sus difuntos y compartían un ponche, un atole o champurrado (bebidas calientes). Otras solo se sentaban en silencio, comían o dormían, pero todas tenían algo en común: la esperanza del reencuentro.

Tzintzuntzan: templo del Dios colibrí mensajero
Si quiere pasar un Día de Muertos en Tzintzuntzan, rentar una habitación para dos personas por una noche cuesta 800 pesos mexicanos (unos 40 dólares estadounidenses), esto en festividad de muertos, entre el 30 de octubre y el 5 de noviembre, aproximadamente. En un día común y corriente no pasa de los 250 pesos ($12.41).
El pueblo se hace pequeño para la cantidad de personas que acude el 1 de noviembre. La única avenida principal colapsa y hay policías por doquier. Los buhoneros toman la plaza principal para ofertar comida, ropa, prendas para el frío, bisutería.
Un lugarcillo ofrece maquillajes de catrín o catrina, y por otro lado los santeros se dedican a fumar tabaco y a despojar con ramas al cliente de las malas vibras. Una chica lee el tarot y otros más venden trajes típicos mexicanos. Se convierte realmente en una feria, musicalizada por invitados especiales, aunque desde luego, lo más interesante no ocurre ahí.

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1Comentarios

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domador antiopositores 06/11/2018 03:27 PM

Excelente, sii, los fallecidos tengan la oportunidad de agradecer el agasajo, en esos términos es válido el esfuerzo de los vivos.


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