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Actualizado hace 326 minutos

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Experiencia Panorama
09:00 AM / 10/06/2018
Salve, Salvador Garmendia
Alexis Blanco 
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 Salvador Garmendia ancla la mirada en los crepúsculos de su tierra natal y entonces ríe a carcajadas al contemplar a sus personajes, esos Pequeños Seres y también Los Habitantes que hoy hacen cola en Barquisimeto por una caja Clap, ajenos a su cumpleaños 90, que el país celebrará casi como uno de sus chistes implícitos.


Soñaría hoy Garmendia, a sus noventa años, no con una muchacha virgen, como el personaje patético de su colega García Márquez, sino con la tragedia de su partido antipolítico, el de la Maizena Americana, fundado por él junto con su colega José Ignacio Cabrujas, mientras paseaban por la Caracas que desapareció en vida, pero que jamás morirá mientras se lean sus historias literarias.
El poeta Blas Perozo Naveda presentó la obra de su hermano Salvador en la corte académica de La Sorbona, en París, donde perfiló la idea de él como la del “escritor de la dependencia”.


Huele a café y acema recién horneada la visión de la poeta Miyó Vestrini, en su hermoso libro Pasillo de por medio, donde narra las experiencias de su convivencia vecinal con Salvador y su esposa, Elisa Maggi. Allí encontramos una carta que él le envió, desde Madrid, en 1985: “Cuando tengas que escribir una escena, no pienses primero en lo que tienen que “decir” los personajes, sino en lo que tienen que “hacer”. Mientras vas ideando la acción repara en los movimientos al parecer más insignificantes: gestos, ademanes, desplazamientos gratuitos. Haz que tus pesonajes se manifiesten en el escenario como lo que ellos son, con sus particularidades, sus manías, neurosis, temperamento..”.

Y el periodista recuerda la visita de Garmendia a Hesnor Rivera, entonces director de Panorama, junto con el poeta Hugo Figueroa Brett, donde la voz de goznes oxidados del autor de El inquieto anacobero evocaba partes de su cuento sobre el pingüino que salió aquí en Maracaibo, en la esquina de El Tránsito. El crítico Luis Barrera Linares resalta que esos Cuentos cómicos invocan una sólida óbra que deviene en cátedra viva para las nuevas generaciones.

Antonio López Ortega analiza el legado de Garmendia y enfoca el alma de una literatura que refleja la vida jodida de esos hijos bastardos del petróleo, con esa carga de violencia y decadencia que, paradójicamente, él dota de una excepcional condición poética, una sublime manera de desnudar el alma de los desposeídos, siempre con ternura y humor en cada una de las imágenes narradas.

Volviendo a Perozo Naveda, reseñábamos que su libro, Para leer a Salvador Garmendia, es una incitación, contudente, “absolutamente coherente”, para estudiar a uno de los autores indispensables de la literatura venezolana del siglo 20. Una mirada profunda al hacer escritural del ganador del¨Premio Nacional de Literatura (1973, el Premio Juan Rulfo (1989) y el Dos océanos (Francia, 1992), para sólo citar algunos de sus lauros como creador.


El maestro Gabriel Jiménez Emán expone, de Salvador: “Los escritores tienen una visión peculiar de la amistad y él era de tempramento nervioso, hiperkinético, fumaba con la candela dentro de la boca y entregado a la escritura de una manera ferviente. Sus guiones para películas y novelas de televisión, las escribe escuchando ópera a todo volumen. Antes que cuentista es un cuentero, usaba el chiste con picardía maestra, con su aspecto de monje generoso”.

Y como guionista de TV, Garmendia dejó una huella insoslayable. Su telenovela, La hija de Juana Crespo, ha sido catalogada por algunos críticos como una de las primeras novelas culturales del país.”Fruto de esa agudísima capacidad de observación de la realidad, capaz de radiografiar hasta el mínimo detalle de la manera de ser, de expresarse, del venezolano...A ello se suma una gran gentileza, una gran humildad, conjugándolas para producir una gran capacidad de lo fantástico, más allá de lo que la realidad ofrece a primera vista”, expone el crítico Juan Carlos Santaella.


Hombre de condición felina, con un gran amor por los gatos, por los animales en general, según refiere Jiménez Emán. Tal como escribe en este relato “maracucho”. Porque él escribió para Ondas del Lago TV: Luego de mostrar su inteligencia y establecer una afinidad con un marinero de nombre Larry - según el relato de Garmendia - el pingüino acompaña al hombre en su viaje, llega a Maracaibo y se pierde. Pasa desapercibido entre la población hasta ser descubierto por un niño. Al desconocer qué tipo de animal era, la población se atemoriza y se convierte en todo un suceso. Tras esconderse en una fábrica de hielo, se reencuentra con su amigo humano, quien le dice: “Bueno, de todas maneras está hecho. Te vendrás conmigo al barco, zarpamos hacia el Sur dentro de una semana y allá podrás volver a reunirte con los tuyos. Ya todo pasó. Con un buen baño de agua helada y una buena ración de sardinas frescas quedarás como nuevo. Mañana vendrán otras cosas y la gente te recordará como un sueño”. 


Humor irredento, el del hombre que hoy celebraría nueve décadas con algún retruécano, quizás recordando su infancia, postrado en una cama por efectos de la tuberculosis, donde su hermano, Hermann, leía para él los clásicos en voz alta, marcando para siempre el alma del muchacho asombrado.


“Si los venezolanos nos hubiéramos dedicado a fabricar papagayos en lugar de centrales hidroeléctricas y torres de petróleo, hoy seríamos un país despreocupado y dichoso, que hubiera despertado la atención del mundo haciendo que centenares de viajeros adinerados, pertenecientes al ala desocupada del planeta, vinieran a contemplar, entre conmovidos y maravillados, nuestro estilo de vida.”, leemos, extasiados.


En 1999, la Universidad del Zulia le confiere el doctorado honoris causa. Fue un momento de regocijo que le permite reencontrarse con muchos de sus antiguos cómplices, de farras y de verbos. Junto con Miyó Vestrini avizoraba la que le vendría a Venezuela: “Con el éxodo en Cuba ocurre lo mismo que en otros regímenes socialistas. El país se mineraliza, se estanca. Escasean los alimentos, la vivienda, el vestido, la gente sobrevive rodeada de restricciones, sin alicientes, sin futuro. El Estado aprieta cada vez más las tuercas, se le exige más al ciudadano y se le da menos. La gente comienza a fatigarse de las promesas en el próximo plan quinquenal (...) las vitrinas están vacías, el país está detenido..”.

Y el autor de las Memorias de Altagracia destacó como ese ser generoso y éspléndido. El locutor Alonso Díaz recordaría, antes de morir: “En ese entonces, solía ayudar a quienes estábamos 'pelando', escribiendo para nosotros personajes diseñados por él dentro de las tramas, con el propósito de ayudarnos a ganar los cuarenta bolívares que nos pagaban por cada participación. Tenía un alma tan grande como su literatura...”.

Esa literatura hace hoy inmortal en las letras venezolanas al hombre de noventa ciclos: “El juego consiste, en primer término, en dejarse llevar por ese estado gris de la mente, que aparece cuando la superficie del tejido ha dejado escapar todo lo que había quedado en ella del momento anterior y entonces abres el ejemplar que tienes a la mano en tu mesa; pero sin mirar lo que haces, sólo dejando que los dedos entren en el bloque como si se movieran en la oscuridad y después lees lo que el azar acaba de poner a tu alcance. Unas líneas que equivalen a un día de tu vida...”.


Desde esa misma mirada, el país que fue Salvador Garmendia continúa mostrándose de manera trepidante  y así su legado luce esplendente en medio del mismo paisaje de seres en conflicto, de habitantes atrapados en el tráfago de la desmemoria, siempre poseídos de la gracia picaresca y esperanzada de quienes se saben protagonistas de una realidad con pies de barro. “La fiesta que pondríamos, amigos, si todo hubiese sido una broma y ahora principiaran a salir por las puertas aquellos de nosotros que nada más habían ido a la esquina un momento...”. Salvador ríe, a sus 90.


“El país está también quebrantado; la clase a la que pertenezco está sumamente golpeada… pero, definitivamente, quien no tiene remedio soy yo y por eso me tengo compasión”.

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