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Experiencia Panorama
10:55 AM / 26/12/2018
Poeta Armando Rojas Guardia: “Soy un monje laico”
Alexis Blanco

El poeta acepta jugar a “La conversa imaginada”, como él mismo la nombra. Y como le robaron su computadora, mientras estaba en Ecuador presentando su antología El esplendor y la espera, decidió responderla desde una máquina prestada. La lección vital que a continuación usted leerá es la de un ser comprometido. Antes advierte: “Prescindi de dos preguntas: yo todavía estoy débil y frágil, con propensión a la disnea y al  mareo, no completamente restablecido”. Un lujo contar con su voz profunda


 —Juguemos a esa extensión de la imaginación tan necesaria. Suponga que estamos en el mismo campo de batalla en el que comienza Macbeth, de William Shakespeare, en una versión elaborada por usted. Pero transcurre en la actualidad, en algún lugar de Caracas. ¿Qué recitarían las brujas, en tal adaptación?
—Las brujas le vaticinan a Macbeth que será rey. Todos sabemos que una sombra siniestra y oprobiosa cubre íntegramente ese vaticinio: Macbeth se hará con el poder, pero a costa del asesinato, la sangre derramada y la malignidad de su conciencia culpable. En el contexto actual de nuestro presente histórico, la profecía de las brujas prometería a los líderes del régimen que nos gobierna la misma clase de poder criminal y fraudulento que ostentó el personaje de Shakespeare: ellos desean eternizarse en el mando al precio del hambre, las penurias y el maltrato físico y psíquico de las grandes mayorías del país. Es la seducción lisonjera a la que sucumbe la avidez del poder; frente a ella, no existe otra alternativa sino amarrarse, como Ulises, al mástil del deber: descreer de los y las arúspices siniestros y rechazar el sortilegio de la tentación que se encarna en el apetito de dominio. Pero dudo que en el régimen haya la templanza espiritual y el autodominio que permitan ese rechazo.

 —En la misma onda...De las Cinco condiciones del pájaro solitario, de San Juan de la Cruz..¿Cómo las insertaría dentro de un proyecto de educación para el país por llegar?
—Una de las cinco virtudes que señala Juan de la Cruz, la más entrañable para mí, es la soledad: el pájaro es solitario porque “no sufre compañía”. Nada más necesario que un margen de soledad para adentrarse en el cultivo disciplinado de la vida interior. La soledad es la otra cara de la comunión. Bien entendida, no se opone a esta; más bien la supone y la implica. Porque la soledad espiritualmente genuina no es aislamiento ni misantropía. La palabra castellana “monje” viene de la griega “monachos”, que significa solo. Yo soy un “monje laico”, un solitario que se desea a sí mismo perteneciente a la estirpe de Thoreau, Emily Dickinson, Simone Weil y Thomas Merton: monjes que han hecho de la soledad su hogar psíquico, su patria espiritual. Dentro de ese hogar y esa patria uno se esmera en cultivar el arte del abrazo, no el roce promiscuo y superficial sino el abrazo auténtico, repleto de devoción fraternal.

 —El tropel que emerge de alguna congestionada estación del Metro caraqueño entra en un pequeño estado de hipnosis colectiva y recita un fragmento del manifiesto del Grupo Tráfico..¿Cuál seleccionaría?
—No tengo a la mano en este momento el manifiesto de “Tráfico”. Pero como fui su principal redactor recuerdo con alguna precisión su contenido. Escogería, pues, el fragmento en el que aquellos jóvenes poetas insurgentes proclamaban que querían acercar la poesía al venezolano promedio, a los hombres y mujeres comunes y corrientes de los barrios y urbanizaciones, de las fábricas y los cuarteles, de las quintas y los ranchos. El tiempo ha decantado la perentoriedad de esa proclama; hoy sabemos que para que las mayorías disfruten el fenómeno poético hace falta un cambio estructural en la sociedad y en el alcance del sistema educativo imperante. Ese disfrute no depende de la voluntad mesiánica de los poetas: a ellos no les compete lograrlo sino hacer bien su trabajo estético. Pero no me permito olvidar que en la naturaleza misma del poema palpita una dimensión, si se quiere, “utópica”: las palabras, dentro de él, del poema, entran en una mesurada proporción que las hace justas. Y todo poeta aspira a que el mundo, la realidad entera, refleje aquella justeza del poema. Este se convierte, así, en virtud de su propia esencia, en una aspiración de justicia. De modo que no es descabellado pretender que la poesía alcance a todos; y que, como digo en un texto de mi tercer poemario, “la tribu logre otorgarle sentido a mis palabras de poeta” (dándole la vuelta a la afirmación sentenciosa de Mallarmé).

 —Un poeta contempla la ciudad desde la cima del Ávila y se le ocurre musitar un poema liberador..¿Podría sugerirnos tres posibles poetas ad hoc..?
—“Tres poetas ad hoc…” Se me ocurre nombrar a tres creadores tutelares: Juan Sánchez Peláez (y su poema “Si como es la sentencia”), Rafael Cadenas (“Fracaso”) y Eugenio Montejo (cualquiera de los textos de “Terredad”).


 —Un niño solicita al poeta que le autografíe y explique acerca de El esplendor y la espera, libro que recoge su poesía escrita y publicada entre el año 1979 y el 2017...¿Qué le diría?

—“El esplendor y la espera” recoge toda, absolutamente toda mi poesía, la publicada desde 1979 hasta 2017. Ante esa edición, hecha en Cuenca, Ecuador, y que es bella, cuidada e impecable, experimento el santo orgullo de estar frente a un organismo vivo, palpitante. Son 360 páginas que compendian cuarenta años de actividad poética ininterrumpida. El lector percibirá a veces fracturas, rupturas semánticas y formales, ciertas discontinuidades; pero creo que se impone, a través de todos los textos del libro, una única voz que celebra el mundo desde la atención orgánica, visceral frente a la realidad. El título del volumen condensa la tensión bipolar de mi espiritualidad, tal como ella se explaya en mi poesía: el momento extático, la reconciliación con el mundo y conmigo mismo, la luminosidad ontológica y existencial (“el esplendor”), y el trabajo consciente y voluntario por aproximarme a ese momento, el esfuerzo de atención que busca merecerlo, la escucha que aguarda y atisba el rapto inspirador (“la espera”).
 —Esos muchachos que le han escuchado, aquí en Maracaibo, con su voz de tren subterráneo, inquieren de usted su lista de siete textos indispensables para iniciáticos en la poesía..¿Cuáles serían?
—No escogería siete sino cinco. En primer lugar, “El arco y la lira”, de Octavio Paz, completísima introducción al fenómeno poético; “Arte poética”, de Jorge Luis Borges, un conjunto de transcripciones de algunas conferencias que el autor dictó en una universidad norteamericana sobre la poesía y el poema, considerados en sí mismos; las “Cartas a un joven poeta”, de Rilke, que no debe ser leído de manera estereotipada, frívola y superficial como un libro de auto-ayuda: dibuja la geometría exacta de una genuina espiritualidad vinculada al quehacer lírico; las “Conversaciones de Kafka con Janouch”, que no versan propiamente sobre poesía, pero cimentan una actitud lúcida, rigurosa y cultivada ante la literatura y, de paso, frente al mundo; y la correspondencia de Thomas Merton con Pasternak, Misolz y Ernesto Cardenal: se trata de una serie de cartas personales dentro de las cuales se manifiesta, en bella epifanía, una conciencia espiritual y literaria verdaderamente modélica, llena de perspicacia estética y rigor existencial.

 —Unos poetas maracuchos le convencen de ir a un bar a libar un poco. UNo de ellos se achispa y recita Yo que supe de la vieja herida, diciendo que es un bolero muy triste..¿Usted cómo asumiría tal “boutade”?
—Creo que ese poeta maracucho no se equivocaría: “Yo que supe de la vieja herida” es, efectivamente, un poema-bolero. Así fue concebido, diseñado y elaborado. En “Tràfico” pretendimos reconectarnos con las diversas expresiones de la sentimentalidad latinoamericana, tal como esta se revela también en la canción popular; el bolero, el tango, la ranchera, cierta salsa. En “Yo que supe…” se trata de un bolero conscientemente asumido pero trascendido: es uno de mis poemas más trabajados, repleto de referencias cultas dosificadas a lo largo de todo el texto (referencias a la mitología greco-latina, a Dante, a Quevedo, a San Juan de la Cruz…), sin perder de vista el tono afectivo de un bolero que canta un despecho amoroso, como cualquier bolero de estirpe.
 —El actor, también maracucho, que acaba de terminar de representar el Edipo, en la puesta de Enrique León y su Sociedad Dramática le pregunta..¿Cuál de las tragedias griegas nos permitiría mejor reconocernos como este país que nos deforma?
—La tragedia griega que más nos concierne como país es “Antígona”, de Sófocles. La tensión, por momento irresoluble, entre la conciencia individual y la razón estatal, entre la moral personal y la racionalidad colectiva encarnada en las normas y las leyes. La única manera de vivir con lucidez dentro de una sociedad específica consiste en mantenerse sobre el filo de la navaja de esa tensión bipolar. Aunque como venezolano añoro la irrupción libertaria de la rebeldía de Antígona, pese a que sé, enseñado por los dramaturgos griegos, que esa es una opción igualmente trágica. Al elegirla uno se sumerge, como Antígona, en el desgarramiento y el infortunio. En ese sentido, en la infelicidad. Pero recuerdo la última frase de “El mito de Sísifo”, de Albert Camus: “Es preciso imaginar a Sísifo dichoso”.

 —Al llegar al cielo de los poetas, el mismísimo Dios está en la puerta, esperándolo...¿Qué le diría, en caso de que fuese sí y sólo sí, un poema?

—Le diría a Dios estos versos de mi poema titulado “Agua lustral”, de “Hacia la noche viva”: “Salgo por fin del tedio / que es el hábito de huir de Tu presencia. / Había elegido el mal / como quien muerde el aire / y castiga al sol tapándose los ojos. / Había elegido el mal, Y lo sabía. / Hoy salgo al aire en paz de lo invisible / diciéndote que sí por estas calles / con el viejo saxofón de mi poema. / Se abre el día / tal un hueco silvestre / -rosada ubre de la luz, goteando-. / Qué puedo decir que me retrate / asì, recién nacido: / los dedos obstinados de la hierba, / la respiración de todos al dormir? / Sí, letra a letra reconstruyo / la inocencia del ser, que ahora levanto / como una fronda erguida, resonante”.

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2Comentarios

1

domador antiopositores 27/12/2018 01:56 PM

Maneja bien la matemática de las palabras, o como le dice otros: filosofía. Poesía, depende los adornos de la imaginación de lector. Aunque la poesía es una muy buen comienzo para aprender hermenéutica, y así distinguir o descubrir que quiso decir el autor sin incluirse dentro del contenido como si fue un apóstol. Por eso, algunos idiomas son traicioneros desde el núcleo de su filología. Tres palabras por veces no forman una sentencia, pero poseen 5 o más axiomas sugestivos, solo detectadas por la conveniencia de la óptica del lector. Ahí es donde vuelve a entrar el apóstol, borra la historia y la sobrescribe con sus propias palabras obteniendo siempre mismo efecto que la historia anterior.


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domador antiopositores 27/12/2018 01:57 PM

(Pedro Reyes): O.o. hey! Que comiste?. Les voy a explicar qué quiso decir domador. El ser humano va en un sentido y los cjns en sentido contrario.


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