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Actualizado hace 28 minutos

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Experiencia Panorama
09:00 AM / 26/08/2017
Padre José Severeyn: Sirvo a Dios con alegría
Ítala Liendo Luzardo italaliendo@panorama.com.ve Fotografías: Mónica Guevara
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Mónica Guevara

Más puntual y preciso que un reloj suizo. Un hombre de contrastes. La seriedad que de lejos inspira, en segundos cae por la ocurrencia, por el chiste o la anécdota que aflora rápido en su hablar. Conversador. “Dulcero” y amante de una buena taza de café o té. Mañana celebrará sus Bodas de Oro sacerdotales, una misión que despertó a temprana edad en José Ángel Severeyn Fuenmayor. Una labor que aspira a seguir cumpliendo con alegría.

A los 13 años, en el colegio San Vicente de Paúl, de Maracaibo, decidió ser sacerdote. “En mi familia no había religiosas ni sacerdotes. Han pasado 50 años y sigo siendo el único sacerdote, sigo siendo el rey (risas)”.

La vocación hizo ebullición en los recreos. “Siempre he tenido buen humor y  en el ‘San Vicente’ notaba que aquellos alumnos de familia adinerada que llegaban en carros lujosos, conducidos por choferes, a esos que les abrían la puerta del coche y les daban sus maletines, no compartían en los recreos, no jugaban, no reían. Yo miraba y me preguntaba cómo podía ayudarlos, cómo podía alejarlos de la seriedad, de la amargura y me dije: ‘Como sacerdote, seguramente, podré ayudar los niños a disfrutar de la vida. Cincuenta años más tarde comprendo que hay que ayudar a la    gente amargada para que aprenda a tener amor por la vida. De eso se trata”. Simple y complejo, a la vez.


La  decisión en el joven José Ángel estaba tomada y finalizado el 6° le informó  a sus padres Esteban Severeyn y Ana Fuenmayor   que iría a formarse en el seminario. Ambos lo apoyaron: “Si eso es lo que te gusta,  cuenta con nosotros”.
Estudió dos años en el seminario de Bella Vista (Maracaibo) y luego 8 en el “Santa Rosa de Lima”, en Caracas.  
En la capital lo apodaron ‘Maquinita’. “Siempre andaba con una pulidora o aspiradora, cuando me tocaba cumplir labores de aseo, en especial, la limpieza de la capilla echaba cera y pulía todo”.

Por sus venas  corre sangre holandesa. Los Severeyn (su correcta pronunciación es Sefereyn)  llegaron a Curazao en 1601, traían en barcos grupos de esclavos, provenientes de África. Los Severeyn eran de religión luterana y con el paso de los siglos, se convirtieron al catolicismo los padres de su papá.


“Mi mamá, Ana Fuenmayor,  se fue por unos días a Curazao y estuvo un año, donde conoció a la familia de mi padre, Esteban,  pero él se había venido al Zulia a trabajar con la Shell en la refinería de San Lorenzo, en la COL”. Finalmente se conocen y casan  para formar familia que se vio bendecida con la llegada de una gran prole. Todos varones. Dos murieron muy pequeños y en el hogar de Ana y Esteban crecieron Jorge, Norman (Aviación Militar), Orlando (Marina de Guerra), Oswaldo (relojero) y José Ángel (sacerdote).

“Nací el 22 de enero de 1943 en una ambulancia, llegando al Hospital Central... por eso soy tan pata caliente (risas)”.
 Las noches en la casa de los Severeyn Fuenmayor eran de chistes, a veces marcados de  humor holándes.  También había cuentos. “Papá nos entretenía y dormía relatándonos cuentos en los que los personajes eran nuestros vecinos, lo que lo hacía más atractivos. Vivimos en la   calle Jugo de la barriada de Santa Lucía. Luego, la familia se mudó al callejón Zulia cerca de la calle Carabobo y de la iglesia Santa Bárbara”.


José Ángel se ordenó sacerdote en la Basílica de la   Chiquinquirá.  La ceremonia fue  a las 9:00 am del 27 de agosto de 1967.  La   encabezó Roa Pérez y su familia se desbordó en amor  y felicitaciones.
“Me encanta un viaje y más si es en avión”, apunta con jocosidad. 


Su primer viaje al exterior fue a la Gran Manzana. Era ceremoniero de la Catedral de Caracas y en una misa a la que asistía el presidente de la época, Raúl Leoni, se acercó a la primera dama, doña Menca, para solicitarle el apoyo para el viaje. “Escríbame una carta y la envía al Palacio Blanco”.
Terminada la misa,   redactó y envió la comunicación. Fue aprobado y así   se embarcó en una aventura  que lo llevó a Nueva York y lo hizo permanecer dos meses en EE UU, sin dominar el inglés.
“A Nueva York he ido más de 40 veces (ríe). No me llamaron la atención, esa primera vez, los rascacielos”, confiesa.
Llegó con la maleta del tamaño de un escritorio y su dinero en bolívares.  “Mis familiares me ayudaron  y reuní dinero que pude cambiar gracias a las gestiones del cónsul Eloy Párraga Villamarín. Al cambio,   reuní  $2.000”.
   
Otro interesante viaje  lo llevó,  años después, a  Asía. Voló de Nueva York a Pakistán, sin escalas, 17 horas. “A ese hombre (piloto), ¿nadie le pudo brindar un café para pararse un ratico?”, narra entre risas.
Durante  su estadía en Pakistán, a las religiosas, más con señas que con palabras, las convenció de hacer carne guisada con papas… “Esto solo lo podéis hacer vos, es obra tuya”, dijo sorprendido al ver la mesa servida el nuncio zuliano  Edgar Peña.
—Padre, ¿habrá algo que le guste más que la carne guisada con papas?
—Sí, como no... el pollo guisado con papas (risas).
“Disfruta del café o té. No es de comer mucho,  el arroz le gusta  sueltecito. En postres,    se llevan el primer lugar los zulianos, como los cascos de guayaba y los  huevos chimbos. Un rico desayuno puede ser pan dulce con queso rallado y café con leche condensada”, señala su sobrina Tania Severeyn.
  

Como sacerdote ha atendido a la feligresía  de los templos Santa Bárbara y  San Pablo Apóstol (en La Rotaria). “Roa Pérez me dijo que fuera allá por unos diítas y estuve como párroco 10 años”.
 

“Las misas que el padre oficia son las que más apegadas a la hora comienzan en Maracaibo. Es un relojito. Él es el iniciador de las misas de los niños”, dice su amiga Eugenia   de Luzardo. 
  
 
En diciembre, las  Navidades eran distintas para las parejas de La Rotaria. “Teníamos la cena de las parejas,  no importaban si estaban casadas o no”. Pagaban Bs. 20 por la tarjeta y había que cumplir normas: las mujeres debían ir bien peinadas y lucir collares. Los hombres iban de  flux.   La ambientación era bajo la luz de las velas y la velada transcurría entre bailes,   chistes, brindis, pasapalos y la cena propiamente dicha.
 
La primera vez fueron 25 parejas, al año siguiente 50 y ya para el tercer año la cena se hizo en un club al que fueron 100 parejas. “Padre, estas cenas deberían repetirse varias veces al año. Tenía años que no compartía así con mi esposa”, me decían los señores.


A la iglesia El Rosario llegó a mediados de los 70. “Fui el segundo párroco y me costó reunir en el mismo templo a los que vivían en la calle 72 y a quienes residían en Cerros de Marín”.


A sus oídos, como un ruido ensordecedor, llegó  el comentario: ¿Quién sabe de qué  barrio vendrá este padre?
“Por eso durante  casi tres meses seguidos estuve relacionando la Palabra con lo que había visto y vivido en Nueva York, Manchester, Holanda, España. En   misas hablaba de Gucci, de Carolina Herrera… yo me paraba en la iglesia y decia:  ‘Estar aquí en la 72 me hace sentir como si estuviera en el Paseo La Castellana, de Madrid’.


Soltaba delante de  la feligresía: “Aquellas que se operan la cara, recuerden comprar guantes” —por aquello de que  la edad también se ve en las manos—. Así, entre anécdotas y chistes, supo ganarse a la concurrida comunidad de El Rosario.


Estuvo en La Guadalupe (en Sierra Maestra), en la parroquia Perpetuo Socorro, de Mene Grande, y la iglesia  Ascensión del Señor,  en Cumbres de Curumo (Caracas) y más recientemente en la iglesia de Santa Lucía, en El Empedrao.
Pasó un tiempo en  Europa. En Roma  obtuvo la licenciatura en Derecho Canónico. Allá le fue asignada la iglesia San Miguel Arcángel en la comuna   Morciano di Romagna. “Me fue fenomenal con la gente y me relacioné con ellos como soy, con chistes”. 


Conoció Rusia, Bielorrusia y   Kenia. “Me gustaría ir  a Austria, Hungría, Alemania y volver a repasar Holanda, la tierra de mis antecesores”, afirma desde la oficina que ocupa, hace 20 años, como director general del  colegio Santa María Goretti, ubicado en Tierra Negra.

Su lema sacerdotal tras 50 años de labores sigue vigente: Que siga adelante. En latín: Ut  eatis.
—Eso le he pedido yo a Dios, que siga adelante, que me acompañe y  me lleve hasta donde  Él  desee, que nunca traicione el sacerdocio, que no vaya a colgar la sotana, que me lleve de su mano   y me permita llegar al cielo, a su encuentro. 

 
 

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