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Experiencia Panorama
09:00 AM / 19/04/2019
La dieta de los zulianos se llenó de carbohidratos con los apagones
María G. Fuenmayor
Luis Bravo

Los zulianos, que viven la peor parte de la crisis eléctrica nacional, han modificado todas sus rutinas de vida, sobre todo desde los apagones generales del 7, del 25  y del 29 de marzo junto con casi dos meses de total inestabilidad. Todo sin contar la falta del servicio de agua potable y la hiperinflación.

Todas estas circunstancias cambiaron los hábitos alimenticios de forma casi obligatoria. Granos, pasta, huevos, harina y enlatados son los alimentos que consume la mayoría ante la imposibilidad de refrigerar las comidas.

En las carnicerías y charcuterías hay baja disponibilidad de carnes, pollos y queso porque se dañan; al igual que los consumidores prefieren no comprarlos porque temor a que se descompongan.

“Esta situación me ha afectado mucho. Lo que compro y cocino me lo tengo que comer enseguida porque no sabemos a qué hora llegará la luz”, expresó una habitante de la urbanización Raúl Leoni, segunda etapa.

Tenemos que comer muchos huevos y no puedo comprar carne ni leche porque si no me lo como de una vez, se puede perder.  A diario debo salir a ver qué consigo”, agregó.

Si se trata de un hogar con niños, la situación se agrava. Los infantes, al igual que los adultos, deben consumir solo aquello que no se descomponga.

“Hacer el tetero es imposible. Hay que licuar cuando llega la luz, y es muy poco el tiempo en el que hay energía”, manifestó María Paz, residente del sector Cuatricentenario.

Detalló que baten el alimento de manera manual y a veces su nieto de cuatro años no se lo quiere tomar porque “le quedan grumos”. Estos, además, deben hacerse con agua a temperatura ambiente porque en ocasiones las horas de electricidad que reciben no son suficientes para que se enfríe.

Optan por comprar alimento instantáneo para el pequeño, a pesar de que los precios son sumamente altos. “Hay que buscar instantáneo porque los alimentos cocinados deben refrigerarse; sin embargo, son demasiado caros. Una bolsa de Lactovisoy puede costar hasta 20 mil bolívares soberanos”, afirmó.

Paz también relató que en tres ocasiones le han vendido carne en mal estado.

“Compré carne molida el viernes y cuando llegué a casa noté que olía muy mal. Estaba dañada y tuve que regresar para que me la cambiaran”, dijo.

Indicó que el local donde la compró era el único que tenía carne molida porque no había luz y los otros establecimientos no habían podido moler por falta de corriente.

Recordó una vez donde la carne que compró estaba adobada con ají picante. “No me dijeron nada y la compré así. Cuando fui a reclamar, el vendedor me explicó que la tuvieron que condimentar porque se estaba descomponiendo. Al final, se perdió y no me regresaron el dinero”.

Esta mujer de 57 años aclara que en las calles “se puede conseguir de todo, pero a precios elevados y hay que comprar en las mañanas porque los negocios abren por poco tiempo pues trabajan con plantas eléctricas”. Además, la ciudad tiene un menor número de comercios operativos luego de los saqueos ocurridos contra más de 500 locales durante el primer apagón nacional que inició el pasado 7 de marzo.

En Los Plataneros, un cartón de huevos puede costar hasta 16 mil bolívares soberanos, mientras las sardinas enlatadas de 450 gramos tienen un costo entre los 8 mil y 10 mil Bs. S. Otra opción que golpea menos el bolsillo y puede durar por varios días sin refrigeración es el requesón.

“Estamos comprando requesón y salchichas porque duran varios días. Como sustituto de la carne, estoy adquiriendo verduras”, especificó.

Yamile Stekman, de 45 años, señaló que su dieta se basa sobre todo en granos y que ni siquiera piensa en comprar carnes. Para remplazar el queso semiduro o madurado, Stekman compra queso de año por su larga duración. En cuanto a las verduras, las compra a diario porque “se ponen malas o resecas” con el pasar de los días.

La ingestión de frutas también se ha visto reducida. Paz y Stekman se abastecen únicamente de cambures verdes y mangos.  

“Todo junto es insoportable. No hay luz, ni agua y a todo esto se le suma la situación económica”, declaró Paz.

Una residente de Padilla, concuerda con los testimonios anteriores. Obtienen solo alimentos que no necesiten refrigeración o que tengan una larga duración como huevos, harina, arroz, granos y algunas verduras como cebolla redonda, papa, zanahoria y pimentón.

“Desde que está en camino la crisis eléctrica, la adquisición de alimentos como pollo y carnes se ha visto reducida al mínimo, de hecho, en mi casa solo compramos lo que consumiremos ese mismo día. Es imposible comprar alimentos que necesiten refrigeración cuando no sabes cuándo y cuánto va a durar la electricidad”, expuso.

Quienes tienen cocina eléctrica sufren quizás la peor parte de las horas sin luz. Una vecina de El Pinar relata que desde que se registró el primer apagón su dieta consiste casi por completo en pan, ante la dificultad de preparar comidas en el hogar.

“Si la luz llega a las 10 de la noche, a esa hora debemos cocinar”, explicó. Si se deciden por comprar gas para sobrellevar la situación, se enfrentan a los precios exorbitantes que solicitan: un mínimo de 25 dólares por bombona.

Para los comerciantes, todo el panorama los ha perjudicado severamente.

“Desde el primer apagón las ventas han sufrido una caída significativa, ya que el consumidor tiene miedo de adquirir algo y que se pudra, por lo que estos compran con miedo”, opinó una comerciante.

Reafirmó que los alimentos de mayor elección son aquellos que no necesitan de la nevera o mucha cocción como huevos, harina y granos, resultando en una dieta alta en carbohidratos y baja en proteína animal.

A todo esto se le suma la impotencia que genera las fallas constantes en las telecomunicaciones que impide muchas compras. Los ciudadanos con efectivo son muy pocos y quienes sí cuentan con el papel moneda, los reservan solo para pasajes.

 “Ayer quería comprar unos plátanos, pero como no pasaba el punto, tuve que dejarlos”, narró un cliente. Así, un amplio número de consumidores recorre decenas de establecimientos hasta que encuentran un local donde “raspar” la tarjeta aunque los precios sean más altos.

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