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Experiencia Panorama
04:19 PM / 02/11/2018
A Fondo// Un lazo, dos sentimientos
Luis Aguirre (Barcelona)
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Agencias

Un lazo amarillo simboliza sentimentalmente la independencia en Cataluña a un año del referéndum de autodeterminación convocado por el Gobierno de esta comunidad autónoma, suspendido por el Tribunal Constitucional el 7 de septiembre de 2017 y finalmente celebrado de manera ilegal el 1 de octubre de 2017.

A la luz de los resultados, Carles Puigdemont, el entonces presidente de la Generalidad, declaró la independencia de Cataluña el 10 de octubre. Segundos después, suspendió sus efectos con la intención, aseguró, de emprender “un diálogo” que sigue gestionando desde el exilio en Bélgica.

Ha pasado un año y el sentimiento hecho lazo sigue intacto, está pintado en paredes, calles, ventanas, barandillas, balcones, locales… y hasta pudiera confundirse con alguna campaña benéfica a los ojos de un turista despistado que ignora que la convocatoria del referéndum de autodeterminación en Cataluña se remonta a 2014, con la Consulta sobre el futuro político de Cataluña que supuso la condena por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña por delitos de prevaricación y desobediencia del presidente de la Generalidad  Artur Mas, y los altos cargos Francesc Homs, Irene Rigau y Joana Ortega. Sin embargo, los antecedentes no frenaron la intención de separación y mucho menos el uso del lazo amarillo como recurso de reivindicación el cual se ha utilizado a lo largo de la historia.

El símbolo también divide a Cataluña, en quien lo lleva puesto y quien no; en quien es partidario de la independencia y en quien se siente español. No es fácil entender todo esto en una cinta cruzada. De hecho, Netflix   lo explica en formato de  documental y hace una lectura más profunda; incluso ideológica, sociopolítica y muy sentimental en casi dos horas. 

El lazo alberga el odio. El odio que mantiene en conflicto a dos Cataluña, frente a frente, cara a cara, hombro a hombro, en las vías del tren, en las ramblas, en las instituciones, en el supermercado, en el día a día.

El exconsejero de asuntos exteriores de Cataluña, Raul Romeva, tiene la misma percepción. ¿Quién odia a quién? ¿Cataluña a España?, ¿España a Cataluña? El debate tiene la herida más abierta.

 

“La respuesta es compleja”, responde Pedro, un profesor de la Universidad Técnica de Barcelona  quien prefirió no dar su apellido, cuando se le consulta en una cafetería. Por ejemplo, él no se explica cómo de la noche a la mañana tuvo que dejar de gustarle el amarillo, su color favorito, porque ya se había convertido es un símbolo sentimental de independencia.

 “Ese es el peligro”, advierte el politólogo Pablo Simón en el documental que salió a la luz a propósito de un año del referéndum y recoge todas las impresiones, el impacto y las consecuencias.

Hay un sentimiento de exclusión en el espíritu de separación. ¿Cuándo nació? Para algunos pudo ser el año pasado, para otros en 1714; y tal vez, mucho antes.

Precisamente 10 años antes, en 1704 se consigue la primera  referencia conocida al uso de escarapelas amarillas en Cataluña, cuando el virrey de Cataluña Francisco Antonio Fernández de Velasco y Tovar prohibió su uso partidista durante la Guerra de Sucesión, para evitar la publicidad del bando que las usaba "creando discordias entre las familias”.

El historiador y economista Ramón Tamames habla de 11 ocasiones históricas en la que los catalanes, de una manea u otra se han querido “ir”.  Él menciona que empezó con el compromiso de Caspe en 1412. Su colega, Agustín Alcobenos plantea que Cataluña es una nación política alrededor del siglo XII y XIII. “Esa nación desaparece tras 1714 con la dominación por parte de la monarquía Borbónica, la guerra de sucesión.  Una situación que podemos definir como conquista y ocupación militar”.

El resultado, muchos años después,  está en boca del actual presidente de la Generalidad, Quim Torra: “Los catalanes hemos recibido a menudo trato colonial de España”.  Mientras la alcadesa de Barcelona, Ada Colau, señala que la mala gestión desde los partidos políticos que han gobernado a España, especialmente, “el Partido Popular (PP)”, han llevado ahora a una realidad que políticamente se expresa muy polarizada y que parece que divide al país en dos”.

Desde que el exministro de Educación,  José Ignacio Wert, se le ocurrió la idea de españolizar a los alumnos catalanes, el problema llegó a otras dimensiones.  A los ojos de Marta Rovira candidata por el partido ERC (Esquerra Republicana de Cataluña) al referéndum, “los partidos políticos Psoe (Partido Socialista Obrero Español) y PP se encargaron de ir a los medios y explicar que en las escuelas de Cataluña se educa al odio para así justificar la intervención desde el congreso de diputados en los centros educativos catalanes”. Por ejemplo, hablar catalán podría considerarse una amenaza para determinada concepción de lo que significaría ser español.  Entonces empezaron a reaccionar los padres, los profesores y la sociedad en general. El periodista Toni Martínez tuvo que sentarse con su hija para explicarle lo que estaba pasando porque ya en las noticias salía que en los colegios les adoctrinaba y les enseña que “España os roba”.   Su pequeña le preguntó que en cuál  escuela pasaba eso. Él le respondió que al que iba ella. La chica con 10 años soltó: “Vaya, que tonterías”.

Para el politólogo Marc Sanjaume argumentar que “enseñar catalán adoctrina” es muy revelador de una manera de pensar, de aquella que también pueda creer que enseñar en castellano también adoctrina en otra dirección. “Soy de los que parte de la idea que aprender en catalán le permite a los niños ser bilingües y abrirse a luego a otros idiomas (francés, inglés)”.

Y es que el solo hecho de hablar diferente marca la diferencia, a juicio de otro comunicador, Vicent Partal. “Hay comentarios como: ‘en realidad son franceses’.

“Los catalanes somos  españoles, incluso el que lleva el lazo amarillo”, lanza en un susurro Cristina Oriol,  mientras espera el tren en el centro de Barcelona y llega a la conclusión que quizás jóvenes como ellas no idealiza la separación por rebeldía, sino porque está harta del gobierno español. “No me identifico, creo que muchos de los que salimos el año pasado a votar en el referéndum fue en protesta.  Cuando Mariano Rajoy (expresidente) empezó su mandato los independentistas eran un 17%, hoy están rozando el 50%. Despertó el sentimiento”.

A Rajoy le dicen el “creciindependitismo”, y su despropósito incluso lo dejó fuera del juego político. Como reza el dicho: “le crecieron los enanos” y amarillos… El asunto es que ya la premisa que Quim Torra mantenía de “veamos si es posible convertir a la península en un espacio de conciencia, de diálogo entre los pueblos”  no tiene muy buena pinta.

El 16 de octubre de 2017, fueron encarcelados Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, entonces  las entidades secesionistas Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural pidieron hacer uso de lazos amarillos para reivindicar la liberación de los políticos catalanes encarcelados. Pero  el 3 de septiembre, el Defensor del Pueblo, Francisco Fernández Marugán, reclamó la retirada de los lazos amarillos de los edificios públicos de Cataluña y esto trajo cola.

Los detractores del lazo le vinculan con “nacioseparatismo”. Otros han visto una oportunidad de negocio, por ejemplo, “caracasaschulas” vendió fundas de teléfonos  en Amazon por  12 euros y ocupó un puesto entre los 20 productos más vendidos.  Comercialmente le han sacado mucho provecho, además de lo político. Para los catalanes, el color amarillo, tiene un profundo significado con en el que promueven un sentimiento en  esta comunidad autónoma. El amarillo siempre había tenido un cierto protagonismo en las grandes manifestaciones independentistas que se celebran el 11 de septiembre.  Pero hecho lazo trae polémicas.

La prensa reseñó sorprendida,  el pasado 11 de septiembre, día de la llamada Diada, que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, lució el lazo amarillo, que representa la exigencia de libertad para los políticos presos, en la solapa de su chaqueta. ¿Cuál es el mensaje? "por empatía con los presos que hoy no pueden celebrar la Diada", explicó. Mientras que el actual presidente de la  Generalidad, Quim Torra se arriesga más: “cuando veo un lazo amarillo digo ‘Gracias”.

El lazo divide, y parte en dos a una nación, entre nacionalismo y populismo.  Son dos cataluñas y un símbolo que enciende las calles por tres motivos básicos:  Las imputaciones de sedición y rebelión a los líderes del movimiento independentista han avivado más que nunca las sensaciones de agravio e injusticia. Para el independentismo, ya no se trata solo de una confrontación entre identidades nacionales, sino de una lucha entre democracia y autoritarismo.

El segundo factor que ha mantenido vivo el movimiento independentista es que sigue extendida entre la opinión pública catalana la convicción de que, en España, las reformas del modelo territorial son inviables.

Finalmente, el tercer y último elemento que explicaría por qué la adhesión a la independencia se mantiene fuerte es que la guerra entre los partidos independentistas permanece abierta.

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